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Privilegiados
El
cielo está claro, la visibilidad ilimitada, pero el sol comienza a
calentar en la mañana de primavera, alborotando la atmósfera y
haciendo nacer pichones de cumulos.
A
20.000 pies, invisible desde tierra, una delgadísima capa de vapor
forma un delicado manto de horizonte a horizonte.
Dos
plateados T-33 entran al escenario, y su rutina de entrenamiento se
convierte en ballet donde sus pilotos son actores y espectadores a la
vez. Calentamiento de músculos y mentes en loopings y toneaux en
sincronizado pas de deux, para abordar luego el más exigente ejercicio
de “caza ratón”, en recreación del combate avión contra avión.
Las
agresivas máquinas, en sus sucesivos y brutales ascensos y picadas,
perforan la fina capa de stratus
dejando a su paso, igual que si fuera a
través de un velo de gasa, los bordes desgarrados.
El
sol sigue calentando, y los cumulos van creciendo. Sus topes
comienzan a llegar a la altura de la nube stratus, amenazando con
perforarla al igual que los aviones. Pero la delgada nube se resiste.
Imponiendo su delicadeza sobre la fuerza bruta de los potentes cumulos,
retrocede allí donde la empujan, pero no se rompe.
Ahora
la capa de stratus semeja una sedosa sábana que cubre y oculta
voluptuosas formas, en un espectáculo tan bello como increíble es el
aparente desafío a las leyes de la física que significa su creación.
Uno
de los pilotos se sorprende al escuchar en sus auriculares que el otro
expresa exactamente lo mismo que él estaba pensando: -Y pensar que
por hacer esto nos pagan...
pilotoviejo
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